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En Theuley, Francia, el 14 de octubre de 1873, nació Jules Rimet, el hombre que imaginó para el fútbol un destino que uniera pueblos en una gesta deportiva. No fue un crack de gambeta ni un goleador de tribuna. Su cancha estuvo en los despachos, las asambleas y aquellas discusiones donde también se juega, aunque sin botines, el porvenir del deporte más pasional.

Abogado de profesión y enamorado de la pelota, comprendió que el fútbol necesitaba una competencia propia, capaz de enfrentar a las mejores selecciones del mundo. En 1921 asumió la presidencia de la FIFA, una institución que atravesaba horas difíciles, y desde allí trabajó para darle organización, continuidad y alcance global.

Su sueño tomó forma en 1930, cuando Uruguay recibió la primera Copa del Mundo. La elección no fue casual: los orientales habían conquistado los torneos olímpicos de 1924 y 1928 y ofrecían credenciales suficientes para inaugurar aquella aventura. La historia se tiñó de celeste, y la copa quedó en manos del anfitrión.

Italia, Francia y la guerra interrumpieron la marcha de un torneo que había nacido para repetirse cada cuatro años. Rimet no abandonó la idea. En 1950, Brasil volvió a abrirle las puertas al campeonato y hasta Inglaterra aceptó medirse en igualdad con las demás selecciones.

En 1946, el trofeo recibió su nombre. Fue el reconocimiento a una obra que ya pertenecía al mundo. En 1954 dejó la presidencia y fue nombrado titular honorario. Partió en 1956, pero su apellido siguió viajando de Mundial en Mundial: la mejor victoria de un hombre que nunca necesitó convertir un gol para entrar en la historia del fútbol.

Autor: admin